domingo, 20 de septiembre de 2020

Negocios Por Internet

A TRABAJAR DESDE LA CASA CON HTTPS://WWW.ROTATE4ALL.COM

https://www.rotate4all.com/ptp/promote-189959


Estamos ante una realidad que nos ha cambiado la vida. El covid-19, ese enemigo invisible y silencioso ha segregado a las familias y a los amigos. Y hasta que no salga una vacuna ciento por ciento confiable y efectiva, no regresará esa tranquilidad de los estadios viendo jugar a Argentina vs Brasil, o Colombia vs Uruguay. 

O asistiendo a un concierto de Shakira o Jenifer López. 

Nunca antes la Humanidad había sido atacada de esta manera global obligando a los gobiernos del mundo a tomar medidas extremas para preservar la vida. 

Y mientras sorteamos la pandemia, con optimismo, fe, y esperanza, tenemos que adaptarnos al nuevo régimen de vida impuesto por el desgraciado coronavirus. 

¡No hay de otra! ¡Toca hacerlo! 

Como el sector que más sufre es el de la economía, la salud y el trabajo, entonces toca reinventarnos. Y para ello y gracias al internet, ante la avalancha de gente despedida de sus trabajos y, otros que sencillamente cerraron sus negocios por la insostenibilidad de los mismos, hoy hay que abrirnos a nuevos trabajos en los que solo necesitas un computador, una página web, hacer algunos contactos, llevar tráfico a tu portal y, (el tráfico lo consigues asociándote a dos o tres empresas de tráfico gratis, no hay ningún problema) desde la comodidad de tu casa laborar y apostarle a una nueva forma de vida. 

Si en ti ha calado este mensaje, entonces te presento una firma, cuyo principal activo es comerciar con publicidad. Te explico: HTTPS://WWW.Rotate4ALL.com es un portal al que la persona ingresa a diario y tendrá que observar o dar clic sobre algunos anuncios de las empresas y, en compensación, el portal te sumará algunos centavos de dólares a tu cuenta. 

De tal manera que obtendrás los siguientes beneficios: 

Ganarás por ver publicidad, si anuncias algún negocio propio podrás tener muchos clientes, y si refieres a otra persona también ganas. 

Esta empresa fue fundada en 2013 y hasta el momento goza de buena credibilidad entre quienes trabajan con ella y que son miles. 

Si te parece entonces que debes dar el salto para trabajar desde la casa, te dejo el siguiente link: 
¡Y feliz estancia en tu nuevo trabajo! ¡FELICIDADES!

martes, 25 de agosto de 2020

Gana 30.000 Euros y Conságrate Como escritor


   PREMIO BIBLIOTECA BREVE DE NOVELA 2021 (España)
 Por Gilberto García Mercado

      
      Raquel Taranilla, Ganadora Premio 2020
Para nadie es un secreto que escribir y vivir del oficio es una tarea ardua y complicada, dificilísima, sobre todo cuando el literato es joven y en el mercado editorial nadie le conoce. En ese trasegar, el lector voraz, el gran observador de la condición humana, el hacedor de universos imaginarios, el disciplinado en todo, hablo del escritor, ya debe saber y enfrentarse a esas realidades que son inherentes a todo creador: por lo general nadie te va a pagar por adelantado los tres o cuatro años que emplees en la redacción de una novela, si no tienes recursos, ni eres hijo de «papi y mami» y si no accedes a una subvención del gobierno, el trabajo de escritor redundará entre abnegación, tiempo y sacrificio. 
Por otro lado, nadie te asegura que la obra que des a la luz se venda y sea un best seller que te saque del anonimato y te vuelva un escritor famoso y rico de la noche a la mañana. Algunos que se han decidido a novelar sus vidas ya van sobre advertidos sobre lo que acarrea llevar sobre las espaldas la cruz del escritor. Algunos trabajan como profesores en universidades y en el tiempo que no están dictando sus clases lo aprovechan en escribir sus libros. Pero lo más decepcionante recae en aquellos que se sienten bien y que escriben para regalarle los libros a los amigos. Es común la frase: «La felicidad es que me lean, aunque el oficio no produzca ninguna rentabilidad».
Es entonces cuando en el camino de los narradores se vislumbran los Premios. Como EL PREMIO BIBLIOTECA BREVE 2021. Se trata de escribir una Gran Novela para ahorrarte sufrimientos y amarguras, que te hace el camino más corto y te lleva a brillar como el escritor del año en todas las librerías del mundo. Es difícil, pero vale la pena participar, arriesgarse y entrar pisando firme en los terrenos de la oferta editorial. Anímate, he aquí Las Bases: 

1. Podrán optar al Premio Biblioteca Breve novelas inéditas y escritas en cualquier lengua del Estado español siempre y cuando sean presentadas en español. En su caso Seix Barral reembolsará al autor de la obra ganadora los costes generados por la traducción al español. No podrán presentarse las obras de aquellos autores que hubiesen fallecido antes de anunciarse la convocatoria, y tan sólo se aceptará una obra por candidato. 
2. Las obras presentadas deberán tener una extensión mínima de 150 páginas, en cuerpo 12, a doble interlineado y a doble cara.

3. La cuantía del Premio será de 30.000 euros, suma que será considerada como anticipo por la cesión a Editorial Seix Barral de los derechos de edición. El ganador se compromete a suscribir el contrato de cesión en exclusiva, para todo el mundo y en español, de los derechos de edición de la ora en todos los formatos. Dicho contrato estará sujeto a los términos y condiciones indicados en la condición 7 de estas bases. Seix Barral se compromete a publicar la obra ganadora en el curso de un año desde la concesión del Premio.

4. El Jurado, formado por personalidades de reconocido prestigio en el mundo de la cultura, hará público el fallo, inapelable, durante el mes de febrero de 2021. Sin perjuicio del fallo definitivo, Seix Barral no responde de las opiniones manifestadas por el Jurado ni por ninguno de sus miembros en relación con las novelas presentadas.

5. En ningún caso el Premio podrá ser repartido entre dos o más novelas, sino que será concedido íntegro a una sola obra. El Premio no podrá ser declarado desierto.

6. Seix Barral tendrá un derecho de opción preferente durante un año sobre la obra ganadora del Premio en la lengua original en la que fue escrita (siempre y cuando sea una de las del Estado español). Asimismo, durante el período de 90 días desde la concesión del Premio, Seix Barral tendrá un derecho de opción preferente para obtener la cesión en exclusiva de la explotación de las obras que, presentadas y no habiendo resultado ganadoras, pudieran interesarle. En ambos casos, el autor se obliga frente a Seix Barral a ceder los derechos de explotación de su obra. 
7. El otorgamiento del Premio supone que el autor de la obra galardonada cede en exclusiva a Seix Barral, para todos los países y lenguas del mundo, y por todo el período de vigencia de los derechos de la Ley de Propiedad Intelectual, todos los derechos de explotación —en cualquier formato o soporte y canal conocidos en el momento en el momento del otorgamiento del Premio— sobre esa obra, incluyendo los derechos de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación. 

Seix Barral podrá efectuar la explotación de los derechos sobre la obra galardonada por sí misma o suscribir, con cualquier otra compañía de su grupo empresarial o con terceros, en exclusiva o no, los acuerdos que resulten precisos para posibilitar la mejor explotación y ejecución de aquéllos en diversas modalidades, tanto en España como en el extranjero.

Seix Barral podrá efectuar tanto de la primera edición de la novela galardonada, así como de las sucesivas, la tirada de ejemplares en la modalidad y sistema de distribución comercial que libremente decida.

El autor no devengará por ningún concepto otra cantidad distinta del premio percibido hasta la total amortización del importe del mismo, el cual tendrá a efectos del contrato el carácter de anticipo.
Una vez amortizado el anticipo correspondiente al premio recibido, Seix Barral satisfará al autor —por las ventas de ejemplares— el diez por ciento (10 %) en las ediciones en tapa dura o rústica, el seis por ciento (6 %) en las ediciones de bolsillo y el cinco por ciento (5 %) en las restantes modalidades. Estos porcentajes se calcularán sobre el precio de venta al público sin IVA de los ejemplares vendidos. En el caso de que la explotación de los derechos se lleve a cabo por terceros, la remuneración de los autores será el sesenta por ciento (60 %) de los ingresos netos que obtenga Seix Barral. En el caso de la publicación de la obra en formato de libro electrónico o de audiolibro, el autor recibirá en concepto de regalía el veinticinco por ciento (25 %) sobre el ingreso neto del editor.

El ganador autoriza la utilización de su nombre e imagen con fines publicitarios y se compromete a participar personalmente en la presentación y promoción de su obra en aquellos actos que Seix Barral considere adecuados, tanto en España como en Latinoamérica.

8. Las novelas podrán presentarse por correo postal impresas por duplicado o por correo electrónico en un archivo word o pdf. En ambos casos deberá especificarse el nombre del autor, DNI o pasaporte, su domicilio y teléfono de contacto. Todas las obras deberán participar con una declaración firmada en la que deberán constar, necesariamente, los siguientes extremos:

(I) Manifestación expresa del carácter original e inédito en todo el mundo de la obra, así como que no es copia ni modificación, total o parcial, de ninguna otra obra propia o ajena.

(II) Manifestación expresa de la titularidad exclusiva del autor sobre todos los derechos de la obra y que la misma se encuentra libre de cargas o limitaciones a los derechos de explotación.

(III) Manifestación de que la obra presentada al Premio no ha sido presentada a ningún otro concurso que esté pendiente de resolución en el momento de la presentación de la obra al Premio.

(IV) Manifestación expresa de la aceptación por el autor de todas y cada una de las condiciones establecidas en las presentes bases.

(V) Fecha de la declaración y firma original.

En caso de que las obras se presenten bajo pseudónimo es imprescindible enviar por correo postal los datos personales de contacto del participante indicando en el sobre el título y pseudónimo al que pertenecen.

El autor de la obra presentada al Premio se obliga a mantener totalmente indemne a Seix Barral por cuantos daños y/o perjuicios pudiera ésta sufrir como consecuencia de la inexactitud o falta de veracidad de cualquiera de las manifestaciones indicadas anteriormente y realizadas por el autor en el momento de la presentación de la obra.

La presentación de la obra al Premio bajo pseudónimo se efectúa sólo a los efectos del desarrollo del concurso hasta su fallo. 
9. El plazo de recepción de originales termina el 15 de octubre de 2020, momento a partir del cual sólo entrarán en concurso aquéllos recibi dos por correo matasellados hasta la citada fecha. Los originales deben ser enviados con la indicación «Para el Premio Biblioteca Breve» a Editorial Seix Barral, S.A.

— Por correo postal:

ESPAÑA: Avda. Diagonal, 662-664, 7.ª planta, 08034, Barcelona. 
ARGENTINA: Avda. Independencia, 1668, C 1100 ABQ, Buenos Aires, Argentina. 
COLOMBIA: Calle 73, n.º 7-60, pisos 7 al 11, Santafé de Bogotá D. C., Colombia. 
MÉXICO: Av. Presidente Masaryk, n.º 111, 2.º piso, Colonia Chapultepec Morales, 11570, México D. F.

— Por correo electrónico: pbb@seix-barral.es

10. Ninguna de las novelas presentadas al Premio dentro del plazo y en la forma debida podrá ser retirada antes de hacerse público el fallo. La presentación al Premio implica el consentimiento irrevocable del autor a la divulgación de la obra presentada en caso de resultar premiada. Una vez hecho público el fallo del Premio, la editorial destruirá todos los manuscritos no premiados sin que quepa reclamación alguna y se compromete a eliminar los archivos recibidos a través de correo electrónico.

11. Seix Barral no mantendrá correspondencia ni comunicación alguna con los autores que se presenten al Premio ni facilitará información sobre la clasificación y valoración de las novelas.
Gilberto García Mercado
12. Para cualquier duda, discrepancia, reclamación o cuestión que pueda suscitarse con ocasión de la interpretación y ejecución de las presentes bases, las partes renuncian al foro propio que pudiera corresponderles y acuerdan someter el conflicto planteado a la jurisdicción de los Juzgados y Tribunales de Barcelona (España).

domingo, 23 de agosto de 2020

Entre Discurso y Discurso Van Camufladas las Noticias...

LA BELLA JACKIE

Por Gilberto García Mercado* 

Hay noticias trágicas que producen náuseas. Como la del obrero—la semana pasada—que se electrocutó y quedó guindando, achicharrado, del cable del fluido eléctrico. Noticias de que el perrito más querido de la Nación—el del Presidente—había adquirido el mal de rabia, y ya en plena ceremonia, produjo, conmoción, entre los ministros.
Pero afortunadamente no hubo mordidos.  
Las noticias van, pero una vez que hacen su recorrido, debido a su importancia o no, regresan, añejas, dispuestas a dormirse en los empolvados archivos de los periódicos pobres—a veces resucitan—los que apenas salen al ruedo, son opacados por los grandes diarios del país, desaparecen.  
El que el perro del Presidente contrajera el mal de rabia, presenta dos puntos de vista: El que la Primera Dama y su séquito de Palacio no hayan administrado autoridad entre los que ella manda, y hayan perpetuado la negligencia de no vacunar un perro que bañan con champús de oro y petróleo, pero no lo vacunan. 

Segundo: el Presidente sí está haciendo las cosas bien y no le queda tiempo para jugar con sus cachorros. De las mordidas que se libró el Señor Presidente.  
Entre discurso y discurso van camufladas las noticias. Por eso, cuando escuché el Noticiero de la Noche, en la televisión, dije: «Esa es Jackie». Había sido identificada como una NN. Había identificado, yo, la primera noticia. Y así se van originando las noticias como una cadena infinita que finalizaría con la exterminación del mundo. Pero qué va. La nada, vacío que dejaría el mundo en el espacio, seguiría siendo noticia, por toda la eternidad. 
En el discurso del Presidente—esta mañana—quedó todo en claro: Habría amnistía para los guerrilleros que se acogieran al proceso de paz. Otra noticia, importante, para el país.  
Eso de escribir noticias judiciales, sin que lo asciendan de cargo, porque yo estudié periodismo cultural, aburre demasiado. 
A mí me gustaría trabajar en lo mío: Hacerle grandes reportajes y crónicas a los escritores del país. Y escribir cuentos y novelas. Pero el caso Jackie, la NN aparecida muerta, en el noticiero de la televisión, me hizo pensar en algo: Yo era hasta el momento, lo que Jackie: Un reportero judicial. Pero yo no me metía en problemas. A ella le dieron un premio de periodismo, porque denunció a unos narcos. Y creo que el premio le costó la vida.
Jackie, la bella Jackie. Hay quienes auguraron un buen destino para ella. Alguien dijo: «Ni que me maten, le haría daño a ese angelito». La bella Jackie. Por lo visto nadie la ha reconocido. O sino ya el teléfono hubiera sonado. Y el jefe de redacción ya me hubiera dicho: «Estamos de luto, George. Pero escribe la noticia». Un periodista tiene que ser un sabueso. Así que me levanté como un resorte. Agarré mi camisa, mi grabadora, mi cuaderno de apuntes. Y salí. Como era octubre, las avenidas estaban desoladas. Pero en algunas había algunos trancones ocasionados por la lluvia. 

En una ciudad como la capital, yo conduzco el medio de transporte más eficaz para los trancones: La moto. En un instante llegué al lugar del crimen. Como no habían cerrado edición, calculé que tendría como dos horas para escribir la crónica. Sería una chiva, porque nadie la habría reconocido. Triste noticia trágica. ¿Cómo reconocerla si su rostro estaba desfigurado por algún ácido de batería de carro? Sólo la faldita amarilla que nadie le conoció, y la blusita, juvenil era ella—con figuras de los picapiedras—la identificaba.  
Se había puesto su vestido más juvenil después que me dejó en el apartamento. «Chau, chau, querido. Nos vemos en el periódico», dijo. Abrí la ventana y la vi bajar por los escalones del segundo piso. Moví la cabeza hacia donde yo la despedí con un beso. Y mi corazón palpitó acelerado. Qué extraño iba a una cita con la muerte.  
Jackie era apasionada. Me enseñó los pormenores del sexo. Cuando el director me presentó a los demás periodistas diciendo: «Este será su nuevo compañero», Jackie fue la única que sonrió. Los demás, con aire de haber conquistado el mundo, apenas si dirigieron sus ojos hacia el muchacho de cara pecosa y bajo de estatura. Oí a alguien que dijo: «Tiene pinta, pero de...».  
Por encargo del director, Jackie me mostró el periódico. Se llamaba «El Diario» y a su subdirector lo había visto cierta vez agarrado de la mano con Jackie.
Era la periodista estrella. Dominaba todos los campos del periodismo. El subdirector debía de tenerle miedo, pues ella nunca había aceptado sentarse a una mesa a coordinar el periódico. Odiaba aquellos puestos de privilegio. Lo suyo estaba en lo que hacía: Disfrazarse, hacerse pasar a veces hasta de expendedor y consumidor de drogas, sólo para darle duro por la cabeza a los demás periódicos de la nación.  
Yo no la amaba. La admiraba por sus crónicas en las que describía con una tranquilidad pasmosa los casos judiciales de la ciudad y el país con un lenguaje policíaco que hacía que el lector no quedara contento, si no leía, de un tirón, todo el relato.  
Pero cuando la vi ahí tirada, con la cara destrozada. Y con su boquita de mujer de Oriente, sentí, otra vez, odio por ella. 
«Tonta», murmuré.  
Quité la sábana que cubría el resto de su cuerpo. Y le vi los pechos intactos. Sus piernas bronceadas en la playa, con algún amante nuevo. Tomé los datos, fotografías. Al día siguiente «El Diario» sería el único periódico que traería en primera página la noticia de la muerte de Jackie. Mientras los demás periódicos la describían como una NN, yo relataba con nombres propios—y ya soltando mi periodismo cultural—los pormenores del asesinato de Jackie.  
Hubo de pasar el relato por las manos del subdirector, quien respiró aliviado, y por las manos del jefe de redacción encargado, para aprobar su publicación.  
«El Diario» se vendió.  
         
Gilberto García Mercado          
El director, quien nunca me paró bolas, me llamó a su flamante oficina. Y estuvimos conversando como una hora. De ahí salí triste y compungido. El director me había dicho: «Se queda si ocupa el puesto de Jackie». Le dije que lo mío no eran los hechos de sangre. Pero el director era un hombre inflexible y obstinado. Por cinco minutos sostuve mi cabeza entre las manos. Y me acordé de las últimas noticias que recordaba mi mente de periodista: El hombre electrocutado, guindando, achicharrado, de un cable del fluido eléctrico. Y el mal de rabia del perro del Presidente. Pasado los cinco minutos, me encontré en la calle con un frío artificial por la muerte de Jackie, con la grabadora dentro del bolsillo, y pidiéndole a Dios que me dejara trabajar como un periodista cultural...

jueves, 22 de agosto de 2019

Cuentos Para No Olvidar

La Otra Dimensión Del Amor

Por Gilberto García M

La Otra Dimensión Del Amor es un volumen de cuentos en donde se refleja la vida de un escritor enfrentado con su pluma a una problemática que por más de 50 años se ha enquistado en una nación latinoamericana.  
Ante las vicisitudes de esos 50 años solo le queda al cronista de una forma u otra protestar o al menos denunciar o declararle la guerra al Sistema Opresor Latinoamericano con estos cuentos escritos en una época convulsa pero con el telón de fondo del amor.  
Hay pobreza en el país latinoamericano, estamos inmersos en una atmósfera de iniquidades, de corrupción, nadie ayuda a nadie, somos almas muertas en vida, la sociedad se ha acostumbrado a vivir con la zozobra cuando no producida por la naturaleza por las masacres del egoísmo humano.  
Son pues estos cuentos una forma de exorcizar el día a día, la falta de oportunidades, pero también de permitirnos soñar con una nación direccionada por el amor. Nada es tan importante en una comunidad que la evolución de la familia, y esta comunidad ha aprendido a vivir entre problemáticas sociales que van desde los alzados en armas, narcos, corrupción estatal y mil delitos más que son quizás daños colaterales productos de una sociedad que ha olvidado el norte. 
Podríamos decir que el ciudadano es inteligente, se ha educado en las mejores universidades, pero que a la hora de conseguir dinero de nada vale esa preparación y, si para robar o hurtar tiene que mandar a la porra esos certificados conseguidos en las mejores universidades, lo hará, e incluso, matará por mantener ante la opinión política esa imagen falsa de buen samaritano.  
En cambio, el amor no es así, el amor trasciende, se dimensiona hacia otras latitudes, fija derroteros, se vuelve obstinado. Idealiza a la mujer amada. Pueden llover balas por las calles, enfrentamientos entre pandillas, puede caerse el cielo a pedazos, pero si hay amor siempre habrá una sonrisa, un sueño que concretizar.  
          
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En fin, en estos cuentos está registrada la mirada tímida del colombiano que quiere romper con ese pasado que ha divulgado hasta nuestros días, costumbres, oportunidades, y un amor desbordado que no viene de Dios.  
Siempre nos salvará el amor en el naufragio, en la degradación de la condición humana, cuando el hombre es una simple piltrafa que ya no sabe distinguir entre si tiene alma de perro o de hombre.  
No hay por qué marcharse a otras naciones para descubrir el paraíso, el amor está aquí, en nuestros mares, en nuestros territorios, en el producto del campesino para quien la tierra es la única poseedora de gratitud, de amor desprendido en los frutos, en los ríos, como también en los territorios de nadie.  
Aún en medio de la debacle se no es permitido soñar, cuestionar algunas veces al Todopoderoso: ¿Por qué teniendo tanto poder no desenmascara a quienes nada más viven pensando en sacar partido de todo? 
No obstante, en la vida del Señor Escritor todo es perfecto. Es el único quien puede sacar partido de la situación, entonces en alguna noche con lluvias y truenos quizás converse con todos esos personajes que son completos y perfectos erigidos por la pluma del narrador. Adquiéralo en       https://www.amazon.com/dp/1717867332

lunes, 28 de diciembre de 2015


Berenice


Por Edgar Allan Poe

Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem,

curas meas aliquantulum fore levatas.
-                                                                                        Ebn Zaiat
La desdicha es diversa. La desgracia cunde multiforme sobre la tierra. Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris, sus colores son tan variados como los de éste y también tan distintos y tan íntimamente unidos. ¡Desplegada sobre el ancho horizonte como el arco iris! ¿Cómo es que de la belleza he derivado un tipo de fealdad; de la alianza y la paz, un símil del dolor? Pero así como en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en realidad, de la alegría nace la pena. O la memoria de la pasada beatitud es la angustia de hoy, o las agonías que son se originan en los éxtasis que pudieron haber sido. 
Mi nombre de pila es Egaeus; no mencionaré mi apellido. Sin embargo, no hay en mi país torres más venerables que mi melancólica y gris heredad. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios, y en muchos detalles sorprendentes, en el carácter de la mansión familiar en los frescos del salón principal, en las colgaduras de los dormitorios, en los relieves de algunos pilares de la sala de armas, pero especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por último, en la peculiarísima naturaleza de sus libros, hay elementos más que suficientes para justificar esta creencia. 
Los recuerdos de mis primeros años se relacionan con este aposento y con sus volúmenes, de los cuales no volveré a hablar. Allí murió mi madre. Allí nací yo. Pero es simplemente ocioso decir que no había vivido antes, que el alma no tiene una existencia previa. ¿Lo negáis? No discutiremos el punto. Yo estoy convencido, pero no trato de convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes, un recuerdo que no será excluido, una memoria como una sombra, vaga, variable, indefinida, insegura, y como una sombra también en la imposibilidad de librarme de ella mientras brille el sol de mi razón. 
En ese aposento nací. Al despertar de improviso de la larga noche de eso que parecía, sin serlo, la no-existencia, a regiones de hadas, a un palacio de imaginación, a los extraños dominios del pensamiento y la erudición monásticos, no es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados y ardientes, que malgastara mi infancia entre libros y disipara mi juventud en ensoñaciones; pero sí es raro que transcurrieran los años y el cenit de la virilidad me encontrara aún en la mansión de mis padres; sí, es asombrosa la paralización que subyugó las fuentes de mi vida, asombrosa la inversión total que se produjo en el carácter de mis pensamientos más comunes. Las realidades terrenales me afectaban como visiones, y sólo como visiones, mientras las extrañas ideas del mundo de los sueños se tornaron, en cambio, no en pasto de mi existencia cotidiana, sino realmente en mi sola y entera existencia. 
Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras. ¡Berenice! Invoco su nombre... ¡Berenice! Y de las grises ruinas de la memoria mil tumultuosos recuerdos se conmueven a este sonido. ¡Ah, vívida acude ahora su imagen ante mí, como en los primeros días de su alegría y de su dicha! ¡Ah, espléndida y, sin embargo, fantástica belleza! ¡Oh sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. 
La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice. 
Edgar Allan Poe
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina. Entretanto, mi propia enfermedad -pues me han dicho que no debo darle otro nombre-, mi propia enfermedad, digo, crecía rápidamente, asumiendo, por último, un carácter monomaniaco de una especie nueva y extraordinaria, que ganaba cada vez más vigor y, al fin, obtuvo sobre mí un incomprensible ascendiente. 
Esta monomanía, si así debo llamarla, consistía en una irritabilidad morbosa de esas propiedades de la mente que la ciencia psicológica designa con la palabra atención. Es más que probable que no se me entienda; pero temo, en verdad, que no haya manera posible de proporcionar a la inteligencia del lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad del interés con que en mi caso las facultades de meditación (por no emplear términos técnicos) actuaban y se sumían en la contemplación de los objetos del universo, aun de los más comunes. 
Reflexionar largas horas, infatigable, con la atención clavada en alguna nota trivial, al margen de un libro o en su tipografía; pasar la mayor parte de un día de verano absorto en una sombra extraña que caía oblicuamente sobre el tapiz o sobre la puerta; perderme durante toda una noche en la observación de la tranquila llama de una lámpara o los rescoldos del fuego; soñar días enteros con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra común hasta que el sonido, por obra de la frecuente repetición, dejaba de suscitar idea alguna en la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física gracias a una absoluta y obstinada quietud, largo tiempo prolongada; tales eran algunas de las extravagancias más comunes y menos perniciosas provocadas por un estado de las facultades mentales, no único, por cierto, pero sí capaz de desafiar todo análisis o explicación. 
Mas no se me entienda mal. La excesiva, intensa y mórbida atención así excitada por objetos triviales en sí mismos no debe confundirse con la tendencia a la meditación, común a todos los hombres, y que se da especialmente en las personas de imaginación ardiente. Tampoco era, como pudo suponerse al principio, un estado agudo o una exageración de esa tendencia, sino primaria y esencialmente distinta, diferente. En un caso, el soñador o el fanático, interesado en un objeto habitualmente no trivial, lo pierde de vista poco a poco en una multitud de deducciones y sugerencias que de él proceden, hasta que, al final de un ensueño colmado a menudo de voluptuosidad, el incitamentum o primera causa de sus meditaciones desaparece en un completo olvido. 
En mi caso, el objeto primario era invariablemente trivial, aunque asumiera, a través del intermedio de mi visión perturbada, una importancia refleja, irreal. Pocas deducciones, si es que aparecía alguna, surgían, y esas pocas retornaban tercamente al objeto original como a su centro. Las meditaciones nunca eran placenteras, y al cabo del ensueño, la primera causa, lejos de estar fuera de vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que constituía el rasgo dominante del mal. En una palabra: las facultades mentales más ejercidas en mi caso eran, como ya lo he dicho, las de la atención, mientras en el soñador son las de la especulación. 
Mis libros, en esa época, si no servían en realidad para irritar el trastorno, participaban ampliamente, como se comprenderá, por su naturaleza imaginativa e inconexa, de las características peculiares del trastorno mismo. Puedo recordar, entre otros, el tratado del noble italiano Coelius Secundus CurioDe Amplitudine Beati Regni dei, la gran obra de San Agustín La ciudad de Dios, y la de Tertuliano, De Carne Christi, cuya paradójica sentencia: Mortuus est Dei filius; credibili est quia ineptum est: et sepultus resurrexit; certum est quia impossibili est, ocupó mi tiempo íntegro durante muchas semanas de laboriosa e inútil investigación. 
Se verá, pues, que, arrancada de su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón semejaba a ese risco marino del cual habla Ptolomeo Hefestión, que resistía firme los ataques de la violencia humana y la feroz furia de las aguas y los vientos, pero temblaba al contacto de la flor llamada asfódelo. Y aunque para un observador descuidado pueda parecer fuera de duda que la alteración producida en la condición moral de Berenice por su desventurada enfermedad me brindaría muchos objetos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación, cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, en modo alguno era éste el caso. 
En los intervalos lúcidos de mi mal, su calamidad me daba pena, y, muy conmovido por la ruina total de su hermosa y dulce vida, no dejaba de meditar con frecuencia, amargamente, en los prodigiosos medios por los cuales había llegado a producirse una revolución tan súbita y extraña. 
Pero estas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi enfermedad, y eran semejantes a las que, en similares circunstancias, podían presentarse en el común de los hombres. Fiel a su propio carácter, mi trastorno se gozaba en los cambios menos importantes, pero más llamativos, operados en la constitución física de Berenice, en la singular y espantosa distorsión de su identidad personal. 
En los días más brillantes de su belleza incomparable, seguramente no la amé. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos en mí nunca venían del corazón, y las pasiones siempre venían de la inteligencia. A través del alba gris, en las sombras entrelazadas del bosque a mediodía y en el silencio de mi biblioteca por la noche, su imagen había flotado ante mis ojos y yo la había visto, no como una Berenice viva, palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como una moradora de la tierra, terrenal, sino como su abstracción; no como una cosa para admirar, sino para analizar; no como un objeto de amor, sino como el tema de una especulación tan abstrusa cuanto inconexa. Y ahora, ahora temblaba en su presencia y palidecía cuando se acercaba; sin embargo, lamentando amargamente su decadencia y su ruina, recordé que me había amado largo tiempo, y, en un mal momento, le hablé de matrimonio. 
Y al fin se acercaba la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de invierno -en uno de estos días intempestivamente cálidos, serenos y brumosos que son la nodriza de la hermosa Alción-, me senté, creyéndome solo, en el gabinete interior de la biblioteca. Pero alzando los ojos vi, ante mí, a Berenice. ¿Fue mi imaginación excitada, la influencia de la atmósfera brumosa, la luz incierta, crepuscular del aposento, o los grises vestidos que envolvían su figura, los que le dieron un contorno tan vacilante e indefinido? No sabría decirlo. No profirió una palabra y yo por nada del mundo hubiera sido capaz de pronunciar una sílaba. Un escalofrío helado recorrió mi cuerpo; me oprimió una sensación de intolerable ansiedad; una curiosidad devoradora invadió mi alma y, reclinándome en el asiento, permanecí un instante sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su persona. ¡Ay! Su delgadez era excesiva, y ni un vestigio del ser primitivo asomaba en una sola línea del contorno. Mis ardorosas miradas cayeron, por fin, en su rostro. 
La frente era alta, muy pálida, singularmente plácida; y el que en un tiempo fuera cabello de azabache caía parcialmente sobre ella sombreando las hundidas sienes con innumerables rizos, ahora de un rubio reluciente, que por su matiz fantástico discordaban por completo con la melancolía dominante de su rostro. Sus ojos no tenían vida ni brillo y parecían sin pupilas, y esquivé involuntariamente su mirada vidriosa para contemplar los labios, finos y contraídos. Se entreabrieron, y en una sonrisa de expresión peculiar los dientes de la cambiada Berenice se revelaron lentamente a mis ojos. ¡Ojalá nunca los hubiera visto o, después de verlos, hubiese muerto! 
El golpe de una puerta al cerrarse me distrajo y, alzando la vista, vi que mi prima había salido del aposento. Pero del desordenado aposento de mi mente, ¡ay!, no había salido ni se apartaría el blanco y horrible espectro de los dientes. Ni un punto en su superficie, ni una sombra en el esmalte, ni una melladura en el borde hubo en esa pasajera sonrisa que no se grabara a fuego en mi memoria. Los vi entonces con más claridad que un momento antes. ¡Los dientes! ¡Los dientes! Estaban aquí y allí y en todas partes, visibles y palpables, ante mí; largos, estrechos, blanquísimos, con los pálidos labios contrayéndose a su alrededor, como en el momento mismo en que habían empezado a distenderse. Entonces sobrevino toda la furia de mi monomanía y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. Entre los múltiples objetos del mundo exterior no tenía pensamientos sino para los dientes. Los ansiaba con un deseo frenético. Todos los otros asuntos y todos los diferentes intereses se absorbieron en una sola contemplación. Ellos, ellos eran los únicos presentes a mi mirada mental, y en su insustituible individualidad llegaron a ser la esencia de mi vida intelectual. Los observé a todas las luces. Les hice adoptar todas las actitudes. Examiné sus características. Estudié sus peculiaridades. Medité sobre su conformación. Reflexioné sobre el cambio de su naturaleza. Me estremecía al asignarles en imaginación un poder sensible y consciente, y aun, sin la ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. 
Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que tous ses pas étaient des sentiments, y de Berenice yo creía con la mayor seriedad que toutes ses dents étaient des idées. Des idées! ¡Ah, éste fue el insensato pensamiento que me destruyó! Des idées! ¡Ah, por eso era que los codiciaba tan locamente! Sentí que sólo su posesión podía devolverme la paz, restituyéndome a la razón. 
Y la tarde cayó sobre mí, y vino la oscuridad, duró y se fue, y amaneció el nuevo día, y las brumas de una segunda noche se acumularon y yo seguía inmóvil, sentado en aquel aposento solitario; y seguí sumido en la meditación, y el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente como si, con la claridad más viva y más espantosa, flotara entre las cambiantes luces y sombras del recinto. Al fin, irrumpió en mis sueños un grito como de horror y consternación, y luego, tras una pausa, el sonido de turbadas voces, mezcladas con sordos lamentos de dolor y pena. Me levanté de mi asiento y, abriendo de par en par una de las puertas de la biblioteca, vi en la antecámara a una criada deshecha en lágrimas, quien me dijo que Berenice ya no existía. Había tenido un acceso de epilepsia por la mañana temprano, y ahora, al caer la noche, la tumba estaba dispuesta para su ocupante y terminados los preparativos del entierro. 
Me encontré sentado en la biblioteca y de nuevo solo. Me parecía que acababa de despertar de un sueño confuso y excitante. Sabía que era medianoche y que desde la puesta del sol Berenice estaba enterrada. Pero del melancólico periodo intermedio no tenía conocimiento real o, por lo menos, definido. Sin embargo, su recuerdo estaba repleto de horror, horror más horrible por lo vago, terror más terrible por su ambigüedad. Era una página atroz en la historia de mi existencia, escrita toda con recuerdos oscuros, espantosos, ininteligibles. Luché por descifrarlos, pero en vano, mientras una y otra vez, como el espíritu de un sonido ausente, un agudo y penetrante grito de mujer parecía sonar en mis oídos. Yo había hecho algo. ¿Qué era? Me lo pregunté a mí mismo en voz alta, y los susurrantes ecos del aposento me respondieron: ¿Qué era? 
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara, y había junto a ella una cajita. No tenía nada de notable, y la había visto a menudo, pues era propiedad del médico de la familia. Pero, ¿cómo había llegado allí, a mi mesa, y por qué me estremecí al mirarla? Eran cosas que no merecían ser tenidas en cuenta, y mis ojos cayeron, al fin, en las abiertas páginas de un libro y en una frase subrayaba: Dicebant mihi sodales si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas. ¿Por qué, pues, al leerlas se me erizaron los cabellos y la sangre se congeló en mis venas? 
Entonces sonó un ligero golpe en la puerta de la biblioteca; pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Había en sus ojos un violento terror y me habló con voz trémula, ronca, ahogada. ¿Qué dijo? Oí algunas frases entrecortadas. Hablaba de un salvaje grito que había turbado el silencio de la noche, de la servidumbre reunida para buscar el origen del sonido, y su voz cobró un tono espeluznante, nítido, cuando me habló, susurrando, de una tumba violada, de un cadáver desfigurado, sin mortaja y que aún respiraba, aún palpitaba, aún vivía. 
Señaló mis ropas: estaban manchadas de barro, de sangre coagulada. No dije nada; me tomó suavemente la mano: tenía manchas de uñas humanas. Dirigió mi atención a un objeto que había contra la pared; lo miré durante unos minutos: era una pala. Con un alarido salté hasta la mesa y me apoderé de la caja. Pero no pude abrirla, y en mi temblor se me deslizó de la mano, y cayó pesadamente, y se hizo añicos; y de entre ellos, entrechocándose, rodaron algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos objetos pequeños, blancos, marfilinos, que se desparramaron por el piso.